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welcome

Cada uno posee el máximo de memoria para lo que le interesa y el mínimo para lo que no le interesa..

De Adiós a Tal vez

"Ven siéntate a mi lado, hablemos un momento, tengo algo que decirte que tú debes saber.." Así comienza la canción mientras todos tomaban sus respectivos asientos. Mi trozo estaba aún lejos de ser entonado, por lo que tuve tiempo suficiente para pensar en cada rostro que veía. "..Implore que te quedes a mi lado.." Ninguno de los presentes tenía ánimos de suplicar y mucho menos de tomar en cuenta lo que estábamos sintiendo al cantar. Pero no debería asombrarme, porque de eso estamos hechos; de fibras poco elásticas. Cada día más y más atrofiadas. "Es más fácil olvidar y no soñar jamás.."
Luego de un par de horas, y con ropas más cómodas, pianista y corista conversábamos en la azotea humeante por las brazas aún prendidas.
Ninguno deseaba volver a casa, existían ciertas cosas que impedían el libre movimiento, y no era precisamente el frío. Llegamos a varias conclusiones antes de vaciar la botella de sour, entre ellas, que la frase que tanto nos costaba dejar disonante, era sin duda en la realidad, la más complicada también.
Como consejo mental dejamos todo tal cual estaba. No había nada que hacer, el tiempo se (des)gasta, y las fuerzas se habían consumido en un par de mi, sol, re.. Había que descanzar.
Proponiendo retirada, y tal vez sin entender que sucedía (no del todo) cantamos una última vez. "Para decir... Sólo tienes que decirlo" y sonó desafinado, como siempre..
-Oye!
-Dale, de nuevo?
-Sí, pero otra, por si sale. Esta vez Asignatura Pendiente.

Número de Registro


Después del largo día, recorrer el largo pasillo vacío parecía ser mucho más tedioso de lo habitual para la joven. Se oía música desde el fondo, esa música que tanto relaja a la gente cuando siente que hasta el alma le pesa.
Entró y vió a su compañero jugar con un avión de papel. Estaban solos, la hora de salida había pasado hace varios minutos y nadie disponía de tiempo extra para regalar, excepto ellos, que aún tenían algo que concluír.
-Por fin! -dijo cuando la vió traspasar la puerta de vidrio-. -Lo conseguiste..?
-Sí.
Pese a tener una pieza importante dentro del caso, las facciones de la muchacha no hablaban de satisfacción, muy por el contrario, denotaban algo más que tristeza. El tipo de la camisa·negra·perfecta sacó del cuarto de historiales una gran maraña archivada de papeles de todo tipo, colores, tamaños, pero todos con el mismo olor.
-Ok, muy bien. Dame el número de registro.
Ella le entregó un sobre pequeñísimo y se sentó en el sillón aireado.
-Mierda! Era... lo que creías.
La música cesó, los movimientos se congelaron. Se sentó a su lado y jugueteó nuevamente con el avióncito, nervioso, como nunca antes.
-Y el registro oficial, qué número tenía?
-Al azar, no significaba nada.
-Qué harás?
-Un último viaje. Definitivo y decidor.
-Segura?
-Sí, estoy demasiado cansada de hacer las maletas y después tener que deshacerlas.
-Supongo que no te veré en mucho tiempo.
-Tú sabes muy bien cómo encontrarme.
Con el avión aún en la mano se puso de pié para guardar el expediente, quizá por última vez. Por protocolo, y dadas las cirscunstancias, debía poner una última página blanca y vacía.
-No. Pon una de estas. -le dijo señalando una caja con hojas de colores.
-Interesante color, eh?
-Y déjalo con código bloqueado.
-Más interesante aún, con eso sólo uno podrá abrirlo. Pero tendrás que esperar, porque debe ser el consecutivo coincidente.
-Lo sé.
-Eeeeh, hay un detalle, cuando se cierre se volverán a repartir carriers, por lo que podrían, aunque muy en contra de las estadísticas, caer de nuevo los mismos.
-Eso también lo sé. Aunque está fuera de la estadística la no·coincidencia, verdad?



Dos horas

Mezclando risas y llantos dejé mi bolso sobre uno de los sillones traga·estudiantes. Él con su notebook jugueataba mirando de 'esa' manera a la preciosa golita. Me tiré al lado del pelao y me quedé de frente al ventanal con el sol alumbrando suave y templadamente mi rostro. "Los niños ya se fueron" me dijo Gón, cuando se dió cuenta de mi presencia, y no moví un sólo músculo en respuesta. Escuché que íbamos a encontrarlos y agarró mi bolso y partió. Era raro verlo tan 'feliz', pero me alegraba el día con su sonrisa regalona. Después de varios pasos en silencio le pregunté cómo marchaban las cosas, a lo que respondió con un determinante 'no pasa nada'. Aún no sabía muy bien como abordarlo, por lo que deshice mis pensamientos y seguí caminando a su lado, y estoy segura que agradeció mi cautela. Caminábamos entre sonrisas y huevos de chocolate rellenos, por un paseo atestado de sol, perros vagabundos y estudiantes fumando algo más que cigarrillos.
La dos horas pasaron agradablemente fotografiadas, y me permitió encontrar ese trozo de explicación que necesitaba para continuar haciendo ciertas cosas en silencio y sólo para mi. A veces las personas merecen ser acompañadas, no importa lugar o momento, pero también necesitan de la soledad, del silencio, o de una tercera persona que los 'acompañe a estar solos'. No sé si será amistad un tanto extra·programática, o quizá es el sólo hecho de preservar ese pequeño huequito entre todo el quehacer diario de cada uno, de los cuatro, de los de los ocho que fuimos hoy. Es una extraña combinación de caracteres ingeniosamente moldeables, que por una muy particular historia se conocieron, y ahora, no pueden dejar de hablarse, aunque el tiempo, la distancia y los compromisos personales sigan siendo un punto de choque.

Crece

Estacioné el automóvil frente a los departamentos, y le dije que bajara. Caminó lento, como saboreando los pasos amargos, tardando mucho más de lo usual en llegar al portón de madera moro, pero tenía la misma cara de inercia al mirarla. Creo que nunca sabré exactamente que hablaron, ni me interesa tampoco, pero aún sigo creyendo que fue una estupidez épica. La abrazó y besó por última vez y la magnitud de las emociones pareció invadirme incluso dentro del automóvil. Cuándo lo ví caminando de regreso, salí a encontrarlo. "Vámonos" y su voz pareció congelar la escena, en la que yo continuaba en movimiento normal y él en cámara lenta. "Es lo mejor, para ambos" dijo mirándome ausente. "Eres un idiota, un maldito idiota enamorado, incapaz de sobrellevar la distancia, acéptalo! Ve por ella!" y casi al mismo tiempo de terminar de hablar, pude notar su respiración cambiando a mil. "No puedo" y bajó la vista derrotado, "No es que no puedas, es que no quieres que las cosas cambien, te encanta tenerla 'ahí' cerca, sabiendo que te pertenece". Volvió a repetir que nos fuéramos, y subió al auto.
Entre nosotros el silencio sólo se veía interrumpido por el sonido del motor, hasta que lo rompió con un "La Amo". Frené de golpe, molesta, casi llorando de impotencia, y gritando dije "Cómo puedes? Sábes cuánto duele una mentira de estas? Si decidiste por una, espero esta vez cumplas y termines con este juego, con esta farsa".
Poco antes de llegar me preguntó si creía en las casualidades, entonces recordé la frase "Nada existe por casualidad, sino por causalidad" y contesté que aquellos que creían en las casualidades eran unos cobardes que no enfrentaban sus 'destinos'. De improviso me detuve y compré agua embasada y se la entregué oscamente poco antes de bajarnos en nuestro destino, "tóma, lávate la cara, tienes que continuar, se acabaron las lágrimas, las mentiras y esa insana costumbre de no querer decir adiós, crece. Y hazlo pronto, que tu novia está por llegar".